domingo, agosto 17, 2008

Modelo social androcéntrico:




Imagen 1: Dibujo de Ricard Opisso (Fuente: Libro de la película Victòria! La gran aventura d'un poble).

Imagen 2: Fuente: Idem.


La sociedad moderna se ha levantado y desarrollado bajo un orden o principio androcéntrico que le ha otorgado al hombre, todo el poder y protagonismo histórico. Hasta bien entrado el siglo XX, el espacio público era prácticamente de dominio exclusivo de los hombres, quiénes ocupaban los cargos más importantes y de mayor poder, en las instituciones públicas y empresas, es decir, a nivel político y económico: presidentes, grandes empresarios. También eran admirados por su destreza física y valentía, convirtiéndose en héroes de guerra o en reconocidos y premiados deportistas. El talento artístico y la capacidad intelectual, es decir, la “genialidad”, como consta en los libros de “historia del arte” (arte burgués, cultura blanca), era considerada también cosa de hombres. Las mujeres artistas, intelectuales y deportistas, siempre quedaban relegadas en un segundo plano, cuando no eran consideradas “una rareza”, un complemento o elemento decorativo, siempre dependientes de la mirada, de la lectura, de la visión y concepción que tenía de ellas, el género masculino.
Pero el responsabilizar de tal manera al género masculino, es decir, a sólo una parte de la humanidad, de todas las acciones y decisiones de poder, es una carga muy pesada que arrojó consecuencias muy graves en el bienestar de dicha sociedad. La primera consecuencia grave del androcentrismo que podemos señalar, es la invisibilidad de la otra parte del género humano. Y cuando decimos “la otra parte”, no nos referimos exclusivamente a las mujeres, ni a las mujeres blancas en específico, sino a todas las personas que no somos “Hombre Blanco Heterosexual”.
El hecho de que la sociedad moderna se construyera tomando en cuenta sólo los principios, valores y necesidades del “Hombre Blanco Heterosexual”, la convirtieron en una sociedad egocéntrica e individualista. Razón por la cual, la civilización occidental se mira y se considera a sí misma, como “la cultura correcta”, es decir, que consideramos que no existe otra forma o “manera de ser” o de “hacerlo” mejor. Por supuesto que esta idea de considerarnos “perfectos” “omnipotentes” e “indestructibles”, nos hace y nos convierte en personas muy intolerantes, porque nos predispone negativamente hacia lo diferente, concibiéndolo como algo equivocado, que no tiene sentido ni razón de ser. ¿Qué hacemos con lo diferente? ¿Qué hacemos con el otro? Las respuestas que ha tenido la sociedad y cultura androcentrista para las anteriores cuestiones han sido varias: invisibilizar, dominar y eliminar:

"La historia occidental está plagada de guerras, de luchas mundiales y de violaciones a los derechos humanos y culturales, en favor del control, la dominación y opresión, de grupos humanos. El ejercicio de la ciudadanía constituyó en un principio, dentro de la sociedad occidental, un derecho exclusivo de la clase burguesa, la cual, estableció oficialmente sus códigos culturales para poder ejercer la “ciudadanía universal” 1

El materialismo y pragmatismo del mundo occidental, hoy día, a finales de la primera década del siglo XXI, pareciera hacerse cada vez más insostenible. Es verdad que gracias al desarrollo de la ciencia y la tecnología, el ser humano ha sido capaz por ejemplo de llegar a la luna, de conectarse con millones de personas, a través del uso de Internet y de crear medicamentos y tratamientos para la cura de enfermedades; pero también son muchas las pérdidas humanas, los daños ecológicos y la contaminación que ha sufrido el planeta, en aras del progreso. Luego de la segunda guerra mundial, de los traumas sociales causados por los crímenes de guerra, por los horrores del fascismo, la sociedad occidental comenzó a darse cuenta que el progreso tecnológico y científico, era un arma de doble filo; dicho desarrollo podía generar gran bienestar, pero a su vez, también era responsable de graves daños y crímenes contra la humanidad.
Uno de los valores más arraigados en nuestra sociedad, es la idea del progreso económico y el desarrollo tecnológico. La sociedad occidental contemporánea, se ha forjado bajo esta idea y este deseo. No hay país industrializado que no se sienta orgulloso de los alcances o avances logrados en cuanto a tecnología y poderío industrial. Pero la gran industrialización de los países ricos, como Estados Unidos o los países miembros de la Unión Europea, tienen su deuda en vidas humanas con África por ejemplo, porque unido a la Revolución Industrial y al dominio de Inglaterra en el siglo XIX y al de Estados Unidos en el siglo XX, está el saqueo y explotación del continente africano y la esclavitud de sus habitantes, a quienes se les despojó de su condición de seres humanos, al ser tratados y considerados como unas bestias, por aquellos que habían creado la “La Razón” y “Los Derechos Humanos”. Pero no sólo los esclavos africanos fueron víctimas de la Revolución Industrial, también fueron sus principales víctimas: hombres, mujeres y niñ@s del continente europeo y americano. Sin embargo para los hombres que habían creado “La Ley”, “La Justicia” y la “Democracia”, todo funcionaba de una manera correcta, justa y democrática:

"...hace un siglo, Tocqueville alababa las maravillas del sistema democrático estadounidense, enfatizando que, con la excepción de los esclavos, los sirvientes y los pobres mantenidos por los sistemas municipales, no había nadie en Estados Unidos que no pudiera ser elector y participar, si bien de manera indirecta, en la formulación de las leyes. Lo que es interesante, es que para Tocqueville excluir a las mujeres, los esclavos, los sirvientes y los pobres de la asistencia social-en otras palabras, más de la mitad de la población de Estados Unidos en aquel tiempo- no era una violación al ejercicio de los derechos democráticos de los individuos."2

A finales de los años sesenta y principios de los setenta, la lucha por los derechos civiles de las “minorías”, protagonizaba la escena sociopolítica internacional. El mundo fue sacudido y convulsionado por las protestas, reivindicaciones y revoluciones sociales. El modelo burgués, de ciudadanía y ciudadano, fue duramente criticado y cuestionado por las organizaciones civiles que abogaban por los derechos de las mujeres, jóvenes, negros, aborígenes, obreros, campesinos, etc., porque dentro de esa idea de sociedad y ciudadanía, que el burgués, representado físicamente por el “hombre blanco adulto”, había creado para sí, no se tomaba en cuenta ni se representaba, las diferentes necesidades, costumbres, valores, tradiciones, formas de vida, cultura, historia, cosmovisión o maneras de representación del mundo, de los demás grupos sociales.




1Poleo, Elba. (2004). La cultura y la construcción de la Ciudadanía Democrática Multicultural. Cuadernos Edumedia (5).Caracas. Ministerio de Educación, Cultura y Deportes. Págs. 55-56.

2Torres, Carlos A. (2001). Democracia, Educación y Multiculturalismo. México. Siglo veintiuno editores. Pág. 195.

2 comentarios:

La mujer semilla. dijo...

¡El más fuerte gana!
Quizá por esto fue que pudieron callar la voz de una mujer. Un poder primitivo, la fuerza física, le llevaría a hacerle pensar que era superior o mejor.
Hoy debemos seguir luchando por elminar este rastro androcéntrico en la sociedad.
Todas las personas, adultas con libertad de pensamiento, podemos elegir cómo queremos vivir.
Enhorabuena por tu estudio y reflexiones.

Amando dijo...

Espléndidas y certeras reflexiones!
(Paseando -virtualmente- di con tus páginas).